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Impresión, sol naciente

cuadro del pintor francés Claude Monet, que dio su nombre al movimiento impresionista. Museo Marmottan Monet de París. 1872, representa el puerto de Le Havre,

Impresión, sol naciente

Cuadro del pintor francés Claude Monet, que dio su nombre al movimiento impresionista. Museo Marmottan Monet de París. 1872, representa el puerto de Le Havre.

Impresión, sol naciente es un cuadro del pintor francés Claude Monet, que dio su nombre al movimiento impresionista. Se conserva en el Museo Marmottan Monet de París. Pintado aproximadamente en el año 1872, representa el puerto de Le Havre, ciudad en la que Monet pasó parte de la vida. La pintura fue robada del museo en 1985 y recuperada en 1990. Desde 1991 ha estado de nuevo en exhibición.

Primer cuadro impresionista

El único canal de exposición que tenían los pintores en la Francia del siglo XIX era el Salón de París, vinculado a la Escuela de Bellas Artes, que contaba con un prestigioso jurado que seleccionaba las obras enviadas. El escándalo de 1863 con la presentación del Almuerzo en la hierba de Édouard Manet originó la creación del Salón de los Rechazados, el cual tenía más éxito entre los jóvenes creadores que el oficial al mostrar obras más modernas. Los pintores que se reunían en el Café Guerbois en torno a Manet decidieron crear un foro de exposición diferente a los oficiales, en el que pudieran mostrar sus obras todos los artistas independientes. Así surge la I Exposición de la sociedad anónima de artistas pintores, escultores y grabadores que tuvo lugar entre el 15 de abril y el 15 de mayo de 1874 en las salas que el fotógrafo Nadar les prestó. Acudieron 3500 visitantes, que se rieron de la pintura tan moderna que contemplaban. A esa exposición Monet presentó nueve cuadros, entre los que destacó esta obra. El crítico Louis Leroy, inspirado por el título del cuadro, tituló su hostil crítica en el periódico Le Charivari «Exhibición de los impresionistas», dando nombre inadvertidamente al movimiento. Leroy escribió allí:Monet pintó el sol casi con la misma luminancia del cielo, una condición que sugiere humedad alta y atenuación atmosférica de la luz. Este detalle descansa sobre el uso de colores complementarios y variedad de temperaturas de color, en lugar de cambios de intensidad o valores contrastantes, para diferenciar el sol del cielo circundante. La pintura trata el valor de contraste simultáneo de los colores, situando tonos cálidos sobre otros opuestos que permiten resaltar, en la retina del espectador, unos tonos sobre otros. La vaporización será el elemento fundamental que invade la superficie, destacando esa humedad que invade la obra y que atenúa las tonalidades, es decir, el color se condiciona a esta atmósfera húmeda. El principal objetivo al que intentaba llegar Monet con esta obra es provocar una impresión en el espectador, por lo que nos encontramos con la importancia que se atribuye al espectador en el impresionismo.

Cristo crucificado (Velázquez)

Cuadro de Diego Velázquez

El Cristo crucificado, o Cristo de San Plácido, es una pintura al óleo sobre lienzo de Velázquez, conservada en el Museo del Prado desde 1829.

Durante su primer viaje a Italia, entre 1629 y 1630, Velázquez pudo estudiar las obras de los grandes maestros. Sus estudios del desnudo a partir de obras clásicas se pondrán de manifiesto en La fragua de Vulcano y La túnica de José, pintadas allí. Esos estudios habrían posibilitado el magistral desnudo de este cuadro, por la fusión que demuestra de serenidad, dignidad y nobleza. Es un desnudo frontal, sin el apoyo de escena narrativa, con el que Velázquez hace un alarde de maestría y consigue que el espectador pueda captar la belleza corporal y la serena expresión de la figura. La humana corporalidad de su figura unida al hálito de misteriosa y divina espiritualidad de la atmósfera que lo baña y el rostro semioculto han inspirado la poesía de José María Gabriel y Galán, así como el extenso poema titulado El Cristo de Velázquez de Miguel de Unamuno.

A 4158

Descripción

Velázquez pintó un Cristo apolíneo, de dramatismo contenido, sin cargar el acento en la sangre —aunque originalmente era más de la actualmente visible— y, a pesar de muerto, sin desplomarse, evitando la tensión en los brazos. Cristo aparece sujeto por cuatro clavos, según las recomendaciones iconográficas de su suegro Francisco Pacheco, a una cruz de travesaños alisados, con los nudos de la madera señalados, título en hebreogriego y latín, y un supedáneo sobre el que asientan firmemente los pies. La cruz se apoya sobre un pequeño montículo surgido a la luz tras la última restauración. Sobre un fondo gris verdoso​ en el que se proyecta la sombra del crucificado iluminado desde la izquierda, el cuerpo se modela con abundante pasta, extendida con soltura, insistiendo en el modelado y en la iluminación; en algunas partes el pintor «arañó» con la punta del pincel la pasta aún húmeda, logrando una textura especial, así en torno a la cabellera caída sobre los hombros. Al igual que en los desnudos de La fragua de Vulcano, las sombras se obtienen repasando con toques de pincel muy diluido y del mismo color, oscureciendo por zonas irregulares la carnación ya terminada.

https://es.m.wikipedia.org/wiki/Cristo_crucificado

Buscando la mayor naturalidad, en el proceso de ejecución de la obra rectificó la posición de las piernas, que inicialmente discurrían paralelas, con las pantorrillas casi unidas, y retrasando el pie izquierdo dotó a la figura de mayor movimiento, elevando la cadera en un contrapposto clásico que hace caer el peso del cuerpo sobre la pierna derecha.​ El paño de pureza (también llamado perizoma), muy reducido y sin derroche de vuelos a fin de poner el acento en el cuerpo desnudo, es la parte más empastada del cuadro, con efectos de luz obtenidos mediante toques de blanco de plomo aplicados sobre la superficie ya terminada. La cabeza tiene un estrecho halo luminoso que parece emanar de la propia figura; el semblante está caído sobre el pecho dejando ver lo suficiente de sus rasgos y facciones nobles; la nariz es recta. Más de la mitad de la cara está cubierta por el cabello largo que cae lacio y en vertical.

Iconografía de los cuatro clavos

Francisco Pacheco, maestro y suegro de Velázquez, defendió la pintura del Crucificado con cuatro clavos en una carta fechada en 1620 y recogida luego, junto a otra de Francisco de Rioja un año anterior, en su tratado de El arte de la pintura. Pacheco, amparado en argumentaciones históricas suministradas por Francisco de Rioja y el italiano Angelo Rocca, obispo de Tagasta, que en 1609 había publicado un breve tratado sobre esta cuestión, junto con las indicaciones contenidas en las revelaciones a Santa Brígida, sostenía la mayor antigüedad y autoridad de la pintura de la crucifixión con cuatro clavos frente a la más extendida representación del Crucificado sujeto al madero con solo tres clavos, cruzado un pie sobre el otro. Francisco de Rioja citaba por extenso a Lucas de Tuy, encarnizado enemigo de los herejes de León, a quienes confundía con los cátaros o albigenses, quien todavía a comienzos del siglo XIII sostenía en De altera vita fideique controverssis adversus Albigensum errores, que la costumbre de representar a Cristo en la cruz con tres clavos era de origen maniqueo y que había sido introducida en la Galia por los albigenses y en León por un francés de nombre Arnaldo. Para Lucas de Tuy la crucifixión con tres clavos había sido adoptada para aminorar la reverencia debida al crucificado, oponiéndose por ello firmemente a ese modo de representación.

Tras ser introducido en Italia por Nicola Pisano el tipo gótico de la crucifixión con tres clavos,​ Gretsero achacó también esa invención, que condenaba, a los artistas franceses, quienes la habrían adoptado para dar más vivacidad a sus imágenes. En cualquier caso, a partir del siglo XIII el modelo se impuso por todas partes, unido a la tipología del Crucificado gótico doloroso, hasta hacer olvidar la crucifixión con cuatro clavos, y cuando Pacheco quiso recuperar el modelo antiguo hubo de defenderse contra la acusación de introducir novedades. En defensa de su propuesta Pacheco hablaba de un modelo fundido en bronce traído a Sevilla por el platero Juan Bautista Franconio y que él mismo había policromado, que reproducía el Cristo de Jacopo del Duca inspirado en los conocidos dibujos de su maestro Miguel Ángel, actualmente en el Museo Nacional de Nápoles. Como también recordaba Pacheco, el modelo, que presenta a Cristo muerto, con la cabeza caída y sujeto a la cruz con cuatro clavos, cruzadas las piernas y sin sujeción de supedáneo, con el efecto de tensar el cuerpo y alargar el canon sin romper la simetría, fue el seguido por Martínez Montañés en su popular Cristo de la Clemencia de la Catedral de Sevilla. Pacheco encontró en Francisco de Rioja al erudito que avalase la representación con cuatro clavos, que él venía defendiendo a la vista del modelo miguelangelesco, y contó también con la aprobación en este caso de Fernando Enríquez de Ribera, III duque de Alcalá, con quien había polemizado acerca del título de la cruz. En 1619 Rioja le escribió, acertadamente, que ese modo restituía el uso antiguo. Pero a la vez Rioja alababa el resultado en el orden estético de esa elección, como subrayaba también Lucas de Tuy, pues de forma natural conducía a mostrar a Cristo como si estuviera en pie sobre el supedáneo, «sin torcimiento feo, o descompuesto, así, como convenía a la soberana grandeza de Cristo nuestro Señor».​ Por ello, aunque en un Calvario de 1638, en colección particular, aún pintó a Cristo con cuatro clavos y con las piernas cruzadas, Pacheco iba a preferir un modelo distinto al ofrecido por Miguel Ángel, tomándolo según decía de un dibujo de Alberto Durero que había podido ver en un libro que fue de Felipe II y que no ha podido ser localizado, con las piernas paralelas y firmemente asentados los pies en el supedáneo, aunque de su aplicación resulten efectos escasamente dinámicos y, por lo mismo, exentos de los retorcimientos manieristas y del patetismo barroco.

Es este también el modelo seguido por Velázquez, aunque para lograr mayor naturalidad en la figura hará que el peso del cuerpo caiga sobre la pierna derecha con un leve balanceo de la cadera. Con todo, la comparación con los modelos de Pacheco, que dota a sus Cristos de cuatro clavos de la apariencia de una reconstrucción arqueológica, permite establecer diferencias más acusadas que esta entre el maestro y su discípulo. Pacheco se esfuerza en pintar músculos y tendones, en tanto Velázquez pinta delicadamente la epidermis magullada a través de la cual el esqueleto y la masa muscular que lo envuelve sólo se perciben en forma de sombras discontinuas. Su cuerpo es verídico, demasiado humano según se ha dicho, y por ello su martirio y muerte también lo son. Tanto como su soledad, imagen sagrada sin contexto narrativo, de la que nace su fuerte carga emotiva y su contenido devocional pues, estando solo Cristo, el espectador también es dejado solo frente al crucificado.

Historia del cuadro

El cuadro fue descrito por Antonio Palomino como un Cristo Crucificado difunto, de tamaño natural, «que está en la clausura del Convento de San Plácido de esta Corte; aunque otro hay en la Buena Dicha, que es copia muy puntual, en el altar primero de mano derecha, como se entra en la iglesia; y uno, y otro están con dos clavos en los pies sobre el supedáneo, siguiendo la opinión de su suegro, acerca de los cuatro clavos».​ De la clausura —en lugar indeterminado— pasó a la sacristía construida entre 1655 y 1685 junto con la nueva iglesia del convento de monjas benedictinas de San Plácido, donde lo vieron Antonio Ponz y Juan Agustín Ceán Bermúdez. Poco después de 1804 lo compró al convento Manuel Godoy, pasando luego a posesión de su esposa, la condesa de Chinchón. En 1826, durante su exilio en París, la condesa puso el cuadro en venta, sin éxito, pasando a su muerte en 1828 a su cuñado el duque de San Fernando de Quiroga, quien se lo regaló a Fernando VII. En 1829 entró a formar parte de las colecciones del Museo del Prado.

La fecha de su ejecución es controvertida. Palomino habla de él tras el retrato del duque de Módena, quien visitó Madrid en 1638, fecha admitida por Aureliano de Beruete y Moret. Consta además documentalmente que entre 1637 y 1640 el Protonotario de Aragón Jerónimo de Villanueva, a quien se supone autor del encargo, hizo donación de algunas pinturas al convento de San Plácido.​ Sin embargo, el fuerte ennegrecimiento de la superficie del cuadro, atribuido al empleo de betún, hizo pensar a críticos como Enrique Lafuente Ferrari y Elizabeth du Gué Trapier que pudiera haber sido pintado en fecha anterior al primer viaje a Italia de 1629, aunque por motivos estilísticos la mayor parte de la crítica suele fechar su ejecución inmediatamente después de ese viaje, dada la relación con los desnudos de sus obras italianas.

El torso aparece puntualmente reproducido en otro Cristo en la cruz de pequeño tamaño, con firma y fecha no autógrafas «Do. Velázquez fa 1631», conservado también en el Museo del Prado, vivo, con la cabeza elevada, los brazos en tensión y sobre un fondo de paisaje.

El caminante sobre el mar de nubes

Pintura de Caspar David Friedrich

El caminante sobre el mar de nubes (en alemán, Der Wanderer über dem Nebelmeer), del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, ha sido considerada como una de las obras maestras y más representativas del Romanticismo. Data del año 1818. Se trata de un óleo sobre tela que mide 74,8 centímetros de ancho por 94,8 centímetros de alto. Actualmente se conserva en el museo de arte en Kunsthalle de Hamburgo (Alemania).

La obra representa a un viajero, al que se ha identificado con el propio Friedrich,​ que se encuentra de pie en lo alto de una montaña elevada, mirando un mar de nubes que queda debajo. El viajero se encuentra de espaldas. Viste de negro. Adelanta una pierna y se apoya en un bastón. Se pueden ver los picos de otras montañas saliendo entre la niebla, mientras que una cadena de enormes montañas ocupa el fondo. La gran extensión de cielo por encima de las alturas de las montañas del fondo cubre gran parte del cuadro. Se trata de un paisaje de la Suiza de Sajonia.

El caminante sobre el mar de nubes
Año1818
AutorCaspar David Friedrich
TécnicaÓleo sobre tela
EstiloRomanticismo
Tamaño74,8 cm × 94,8 cm
LocalizaciónKunsthalle de HamburgoCircunvalación OrienteFlag of Germany.svg Alemania

Análisis

Esta bella obra de arte está creada teniendo en cuenta las convenciones de género tanto del Romanticismo como del paisaje. La obra, de esta manera, no se diferencia de otras obras de Friedrich; parecía sentirse bastante atraído con la idea de ver y experimentar la naturaleza en lugares aislados y maravillosos: al borde del mar o de lagos, en la cima de las montañas, o en lo alto de una cascada.

Posteriormente, en la carrera pictórica de Friedrich, la seducción que sentía por la idea de que la expresión personal debía ligarse a un aislamiento físico y espiritual se hizo más aparente, de magnitudes increíbles, y aun así, todavía sublime.

Mar de hielo, 1823-1824.

El interés de Friedrich por la naturaleza queda claramente evidenciado en otras de sus obras. Ejemplo de ello es Acantilados blancos en Rügen, pintado en 1818, que retrata a un hombre en pie y una mujer sentada, mirando el panorama, mientras que otro hombre, arrodillado, mira por encima del borde de un vasto y alto acantilado que lleva al océano infinito. Ambos cuadros fueron ejecutados durante el año de su viaje de bodas a Rügen. Los cuadros de esta época evocan la contemplación y la interrogación. Otro ejemplo de esto puede encontrarse en la obra de Friedrich El mar de hielo, que representa, en primer plano, una gran masa de ruinas, y, en los planos medio y posterior, pilas similares de ruinas, numerosas, ensuciando lo que parece ser un paisaje helado.

El estilo del cuadro logra un sentimiento de misterio que está en el Romanticismo.

Utiliza una gama cromática más bien fría: negro de la figura central, marrón oscuro en las rocas y el gris y el blanco de la niebla y el cielo. Los únicos colores cálidos aparecen en el primer plano. De esta manera, con colores más cálidos en primer plano y predominantemente fríos en el fondo, logra una perspectiva cromática. Además, debido a que el primer plano es oscuro y descarnado, mientras que el fondo resulta más brillante, claro, menos incisivo, pintándose de manera más difuminada, Friedrich consigue una perspectiva aérea.

El paisaje mostrado no es una representación topográfica.

Simbolismo

Como los demás cuadros de Caspar David Friedrich, no es un mero paisaje, sino que tiene un contenido simbólico.

El caminante

Acantilados blancos en Rugen, 1818.

El hecho de que el viajero se encuentre de espaldas y no pueda vérsele la cara, ha sido objeto de análisis e interpretaciones. De esta forma el autor impide que la fisonomía del personaje anónimo distraiga la atención del paisaje. Al mismo tiempo, el no tener rostro transmite mejor la idea de la disolución del individuo en el «todo» cósmico.

Esta postura (una persona vuelta de espaldas tiene la vista puesta en un paisaje romántico) se repite en otras pinturas de Friedrich, como los Acantilados blancos en Rügen. La figura de espaldas, que está en pie como un monumento sobre un lugar elevado, atrae al espectador al interior de la pintura. La figura vuelta de espaldas desempeña en los cuadros de Friedrich un papel similar a la de análogas figuras en los cuadros de René Magritte. También Magritte trabajó con motivos únicos como con piezas de desalineamiento. Las figuras vueltas de espaldas en las que a menudo se puede reconocer a Friedrich, adoptan una posición central en sus pinturas al óleo a partir de 1807. Se ha apuntado la posibilidad (aunque es meramente eso: una hipótesis), de que, como Friedrich no dibujaba particularmente bien a las personas, su amigo Georg Friedrich Kersting, que también pintó a Caspar David en su estudio, pintase algunas figuras para los cuadros de Friedrich.

La figura vuelta de espaldas cumple una importante función como figura de identificación. Normalmente están colocados de tal manera que cubren el punto de fuga. A causa de ello, el espectador tiende a colocarse en el lugar de la figura, y de esta manera seguir también de cerca el fenómeno natural.

Las figuras no representan individuos concretos. Y la naturaleza serviría de proyección a los sentimientos del espectador.

El hecho de que el viajero se encuentre en el centro de la pintura, además, indica que está en posición de dominación. Sin embargo, el llevar un bastón, quizá para facilitarle la ascensión, apunta a cierta debilidad.

El viajero se encuentra solo. Todo indica que no hay otra presencia humana. Se percibe en el individuo aislamiento y soledad.

El caminante simbolizaría, en fin, al ser humano que concibe su vida terrena (la montaña a la que corresponde la masa rocosa en primer plano) como un preludio a la vida eterna (el mar de nubes).

La postura del caminante, con una pierna delante de otra, indicaría que domina la vida de este mundo y mira al más allá con admiración esperando que le llegue una vida eterna.

El paisaje

Las rocas entre la montaña en la que está el viajero y el fondo simbolizarían la fe del ser humano en Dios. Las montañas del fondo representan la vida eterna futura en el Paraíso.

El mar de nubes en sí se ha entendido también como alusión a la divinidad, estando el ser humano entre la naturaleza (la montaña del primer plano) y Dios (el mar de nubes).

Otras interpretaciones aluden a que el mar de nubes representaría la inmensidad del universo frente a la pequeñez del ser humano. El ser humano no es nada ante la naturaleza, se puede en consecuencia hacer referencia al texto les Feuilles d’automne (las Hojas de otoño) de Víctor Hugo en las que se evoca la pequeñez del ser humano frente a la naturaleza. La naturaleza se regenera, pero el ser humano es mortal. Se pretende transmitir el sentimiento de lo sublime, la impresión de magnificencia y sobrecogimiento que produce la naturaleza en toda su grandeza. El varón de espaldas parece recordar, sumido en su contemplación, a algún difunto o su propia mortalidad.

H. Zerner (1976) propuso una interpretación simbólica de los elementos: la niebla sería la imagen de las divagaciones, de la realidad escondida, la barrera entre la tierra y el cielo; las rocas, lo que los une, la imagen de la fe.

Finalmente, cabe apuntar que también se ha hecho una interpretación política y nacionalista de esa obra. En efecto, durante las guerras napoleónicas se logró cierta unificación de los estados alemanes, perdida después del Congreso de Viena Friedrich expresaría la espera de una Alemania libre y mejor. En este sentido, el caminante no sería Friedrich, sino un caído en las guerras de liberación (18131815). Por ser un símbolo político, viste la típica levita alemana, prohibida en 1818.

Perro semihundido

Cuadro de Francisco de Goya

Perro semihundido, o simplemente, El perro, es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa —llamada la Quinta del Sordo— que Francisco de Goya adquirió en 1819. La obra ocupaba un lugar a la izquierda de la puerta de la planta alta de la casa.

La obra, junto con el resto de las Pinturas negras, fue trasladada de revoco a lienzo, a partir de 1873, por Salvador Martínez Cubells por encargo del barón Émile d’Erlanger, un banquero francés, que tenía intención de venderlas en la Exposición Universal de París de 1878. Sin embargo, las obras no atrajeron compradores y él mismo las donó, en 1881, al Museo del Prado, donde actualmente se exponen.

En su estado actual, el cuadro, muy austero, solo presenta la cabeza de un perro escondida o hundida sobre un plano inclinado de ocre oscuro y un espacio vertical en ocre más claro, todo ello exento de cualquier otra figura. La mirada de la cabeza del perro se dirige hacia arriba, y podría representar la soledad.

Aunque hoy solo pueden apreciarse estos elementos, en reproducciones fotográficas realizadas por J. Laurent, entre los años 1863 y 1874, antes de ser arrancadas las pinturas de los muros de la Quinta del Sordo, podría apreciarse un paisaje de fondo formado por una gran roca y unos supuestos pájaros a los que el perro mira. Todas las fotografías de Laurent de las Pinturas negras fueron publicadas en 1992 en el Boletín del Museo del Prado, en un artículo escrito por Carmen Torrecillas. ​ Y en 1994, el Ministerio de Cultura editó una espléndida lámina, de 31 x 41 centímetros, de la fotografía de Laurent de la pintura El perro. El negativo original se conserva —en perfecto estado— en el Archivo Ruiz Vernacci.

https://es.m.wikipedia.org/wiki/Perro_semihundido

El hispanista británico Nigel Glendinning señaló en 1986 algunas diferencias entre el estado actual de las Pinturas negras y el que presentaban antes de su traslado y restauración, documentadas en fotografías de Laurent. Afirmó que algunos toques y pinceladas de Goya desaparecieron al mudar las obras y realizar la primera restauración. Además se mostró fascinado por la decoración de los muros de las salas con papeles pintados que probablemente eligió el propio pintor. En cuanto a la pintura del Perro semihundido escribió: «El perro parece el único ser cariñoso, preocupado, humilde: humano, por así decirlo»

A partir del examen de la fotografía de Laurent, José Manuel Arnaiz en su libro Las pinturas negras de Goya, de 1996, indicó que el perro mira interesado el vuelo de unos pájaros.

Valeriano Bozal, en 1997 y posteriormente, recoge todas las opiniones, incluyendo que el perro observa a dos pájaros que vuelan, o que el artista no terminó El perro. Pero afirma rotundamente que ninguno es argumento concluyente. Ni siquiera podemos estar seguros de que el animal se esté hundiendo.

A fines de 2010, otro estudio de las imágenes de Laurent realizado por Carlos Foradada, pintor y profesor de Historia del Arte, difundió en los medios de comunicación que Goya había pintado parte del lomo del perro, una gran roca y sobre ella dos aves, a las que mira el can.

Hace más de 100 años, en un artículo publicado en La España Moderna, en noviembre de 1909, Valeriano de Loga (Valerian von Loga), conservador del Museo de Berlín, ya escribió: «Detrás de una roca del primer término se ve una cabeza de perro, que quiere coger pájaros»

Perro semihundido
Año18191823
AutorFrancisco de Goya
TécnicaÓleo sobre revoco, trasladado a lienzo
EstiloRomanticismo
Tamaño131,5 cm × 79,3 cm
LocalizaciónMuseo del PradoMadridBandera de España España

Análisis del cuadro

Se han propuesto variadas interpretaciones, desde la insignificancia del ser vivo ante el espacio que le rodea, hasta que estemos ante una obra inacabada, pasando por una posible pérdida de elementos presentes en el cuadro antes de su traslado a lienzo.

La obra, tal y como se presenta en nuestros días, supondría una ruptura de las convenciones de representación pictórica, donde habría desaparecido desde la ilusión de perspectiva hasta el paisaje mismo. Así, el perro de Goya sería una muestra de extrema libertad del tema en la pintura. Un simple espacio de color, con el elemento mínimo de una cabeza de poco tamaño, definida con vigorosos trazos en negros, blancos y grises en relación con los planos ocres, de textura orgánica, de un cuadro que insiste en su verticalidad, mediante la dirección de la mirada del can y el amplio plano vacío sobre el perro. El cuadro, de este modo, prefiguraría la abstracción y el surrealismo en pintura, como ya lo había hecho Goya con respecto a otras corrientes pictóricas de las vanguardias, como el impresionismo, o el expresionismo.

Fue admirado por su coterráneo Antonio Saura, que lo calificó como «el cuadro más bello del mundo». Rafael Canogar mostró su devoción por el que llamó «poema visual» y lo califica de primera obra pictórica simbolista de Occidente. También el escultor Pablo Serrano le rindió homenaje en su serie Entretenimientos en el Prado. Lo compara con la obra de Antoni Tàpies y las atmósferas de Francis Bacon.

Salvador Martínez Cubells (1842 – 1914), restaurador del Museo del Prado y académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, trasladó las pinturas a lienzo por encargo del que en aquel momento, 1873, era propietario de la quinta, el barón Fréderic Emile d’Erlanger (1832 – 1911). Martínez Cubells realizó este trabajo ayudado por sus hermanos Enrique y Francisco (…)Valeriano Bozal, Francisco Goya, vida y obra, (2 vols.) Madrid, Tf. Editores, 2005, vol. 2, pág. 247, ISBN 84-96209-39-3.

La metáfora en el arte

Elena Oliveras

Fundamentos y manifestaciones en el siglo XXI.

La metáfora en el arte. Fundamentos y manifestaciones en el siglo XXI, libro que en esta oportunidad reeditamos ampliado y actualizado, es el resultado de una investigación pluridisciplinaria que incluye a la filosofía, la semiótica, la retórica, el psicoanálisis y la historia del arte. Su objetivo es comprender uno de los mayores poderes de la mente humana: el ver una cosa en otra, a partir de relaciones de semejanza, y apreciar los alcances de la metáfora en la interpretación de la obra de arte.  
Luego del análisis de los fundamentos y mecanismos semánticos de la metáfora en general, Elena Oliveras estudia casos particulares. Algunos servirán para fijar sus límites con el símbolo y la alegoría, dos recursos del lenguaje con los que ha sido más de una vez confundida. 
Si bien toda obra de arte es esencialmente metafórica, al presentar imágenes con cualidades semejantes a las del mundo al que pertenece, modalidades como el arte abstracto, el cubismo, el surrealismo y el realismo exigen un estudio particular. Por esta razón, la autora ha escrito un capítulo específico para esta edición, en el que contempla las principales variantes metafóricas en el arte del siglo XXI.
La metáfora no queda reducida al mundo de la ficción, separada de la realidad. Existe una “verdad metafórica” en la que se inscribe el impulso de la imaginación para conformar un lenguaje no menos serio que el científico pues, del mismo modo, amplía nuestro conocimiento del mundo.

En su primera edición, La metáfora en el arte recibió el Primer Premio en el género Ensayo del Fondo Nacional de las Artes, la Mención especial en el Premio Nacional de Lingüística, Filología e Historia de las Artes de la Secretaría de Cultura de la Nación y el Premio al Libro de Año de la Asociación Argentina de Críticos de Arte.

https://www.planetadelibros.com.ar/libro-la-metafora-en-el-arte/

El triunfo de la Muerte

Cuadro de Pieter Brueghel el Viejo

El triunfo de la Muerte es una de las obras más conocidas del pintor Pieter Brueghel el Viejo. Un óleo sobre tabla de 117 cm de alto x 162 cm de ancho, pintado hacia el año 1562 de la Escuela flamenca del siglo XVI.

Se conoce bastante bien su procedencia desde 1591, cuando constaba en poder de Vespasiano Gonzaga; pasó por herencia a varios sucesores hasta que en 1644 fue adquirido por Ramiro Núñez de Guzmánduque de Medina de las Torres y virrey de Nápoles. Perteneció a la colección de pinturas de la casa real española desde el decenio 1746-1756, cuando fue adquirido por Isabel de Farnesio para el Palacio de la Granja. Desde 1827 forma parte de la colección del Museo del Prado (Madrid).

Descripción

Es una panorámica de la muerte: vemos el cielo oscurecido por el humo de las ciudades ardiendo, al fondo un mar plagado de naufragios; a la orilla hay una casa, alrededor de la cual se agrupa un ejército de muertos. El paisaje, anodino y arrasado, nos habla de la pequeñez, crueldad y falta de sentido común del hombre, que pretende cambiar un destino impuesto. Se alzan mástiles coronados por ruedas, picotas en las que se ajusticia a criminales; sus cadáveres se balancean. Hay una cruz, solitaria e impotente en el centro de la pintura, y la Muerte avanza con batallones de esqueletos; sus escudos son tapas de ataúdes y conducen a la gente a un ataúd que es un túnel decorado con cruces; un esqueleto a caballo destruye personas con su guadaña. Por todas partes son atacados los desamparados hombres; aterrorizados huyen o intentan en vano luchar. No hay defensa posible, los esqueletos matan de muy variadas maneras: cortando gargantas, colgándolos, ahogándolos, e incluso cazándolos con perros esqueléticos.

A la izquierda se conduce una tétrica carreta con calaveras, que sin duda formarán después el ejército de los muertos. Detrás un tribunal de la muerte presidido por el símbolo de la cruz contempla impasible la hecatombe. Sobre ellos, unos esqueletos tocan una campana avisando del fin del mundo. Al frente, en el extremo inferior izquierdo, yace el rey, vestido de su capa con vueltas de armiño y con el cetro en la mano. Campesinos, soldados y hasta nobles e incluso reyes, todos atrapados por la Muerte.

El triunfo de la Muerte
(De Triomf van de Dood)
Año1562 y 1562
AutorPieter Brueghel el Viejo
TécnicaÓleo sobre tabla
EstiloRenacimiento
Tamaño117 cm × 162 cm
LocalizaciónMuseo del PradoMadridBandera de España España

Un poco más hacia el centro del primer plano, un perro olisquea la cara de un niño, muerto en brazos de su madre, también caída. Algunos cadáveres han sido ya amortajados y uno de ellos yace en un ataúd con ruedas.El juglar se esconde bajo la mesa; un caballero intenta defenderse

https://es.m.wikipedia.org/wiki/El_triunfo_de_la_Muerte

La visión de Brueghel no carece de humor sardónico, como puede verse en la parte inferior derecha del cuadro. Una pareja de enamorados permanecen absortos ignorando lo que les rodea. Detrás de la mujer un esqueleto imita al tocador de laúd. A su lado una mesa puesta con manjares, y un juglar con jubón ajedrezado, se intenta esconder debajo. Un caballero hace ademán de desenvainar la espada, intentando defenderse de lo irremediable.

Como es natural en un cuadro pesimista los colores son sombríos. este cuadro no estaba destinado a nadie en concreto pero iba destinado a todos aquellos curiosos que querrían ver como había sido aquella pandemia para todos los habitantes

Se observan aspectos de la vida cotidiana a mediados del siglo XVI, se dibujan con detalle las ropas, y pasatiempos como juegos de cartas. De manera única, un método usual de ejecución para los criminales del siglo XVI: La rueda. Objetos como instrumentos musicales y los primeros relojes mecánicos, y escenas como una misa de difuntos ayudan a entender mejor el estilo de vida de los años 1560.

Se ha sugerido que el cuadro, como una premonición, fue inspirado por el empeoramiento del clima político antes de la Guerra de los ochenta años. Inspirada o no por el ambiente la obra es una clara alegoría de los horrores de la guerra, como su Dulle Griet, también premonitoria. Es inevitable también pensar en la peste negra que azotó a Europa en el siglo XIV. Algunos ven la crisis de los feudos, ya que en el cuadro se observa a la Muerte que amenaza a un hombre con corona, que podría ser un rey o representante del poder. Cercano a dicho hombre de corona la Muerte merodea un barril lleno de algo de color dorado u oro.

La tabla recuerda al Bosco, por lo satírico y moralizante y la amplitud del cuadro; múltiples escenas, pintadas con mucho detalle. Recuerda el tema medieval de las danzas de la muerte. Las hordas de Brueghel son esqueletos, no demonios como en el El Jardín de las Delicias de cien años antes. Esto puede sugerir en algunos un pesimismo ateo no suavizado por una creencia en un Cielo.

El triunfo de la Muerte

1562 – 1563. Óleo sobre tabla, 117 x 162 cm. Sala 055A

Obra moral que muestra el triunfo de la Muerte sobre las cosas mundanas, simbolizado a través de un gran ejército de esqueletos arrasando la Tierra. Al fondo aparece un paisaje yermo donde aún se desarrollan escenas de destrucción. En un primer plano, la Muerte al frente de sus ejércitos sobre un caballo rojizo, destruye el mundo de los vivos, quienes son conducidos a un enorme ataúd, sin esperanza de salvación. Todos los estamentos sociales están incluidos en la composición, sin que el poder o la devoción pueda salvarles. Algunos intentan luchar contra su funesto destino, otros se abandonan a su suerte. Sólo una pareja de amantes, en la parte inferior derecha, permanece ajena al futuro que ellos también han de padecer. La pintura reproduce un tema habitual en la literatura del medioevo como es la danza de la Muerte, que fue frecuentemente utilizado por los artistas nórdicos. Bruegel dotó a toda la obra de un tono pardo rojizo, que ayuda a dar un aspecto infernal a la escena, apropiado para el asunto representado. Influyen en esta escena tanto la tradición de las danzas macabras medievales como las representaciones del triunfo de la Muerte en la pintura italiana. La profusión de escenas y el sentido moralizante utilizado por el autor, son parte de la influencia de El Bosco en su obra.

La pintura perteneció a la reina Isabel de Farnesio, quien la tenía en el Palacio de La Granja.

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/el-triunfo-de-la-muerte

Pagan casi 9 millones de dólares por un cuadro de Lucio Fontana, el artista argentino que tajeaba sus pinturas

Pagan casi 9 millones de dólares por un cuadro de Lucio Fontana, el artista argentino que tajeaba sus pinturas

En una subasta online

Se trata de “Concetto Spaziale, Atessa”, del creador rosarino fallecido en 1968. Estaba en manos privadas y salió a la venta en un evento mundial de la casa Christie’s.

En un evento sin precedentes, la casa Christie’s realizó «One», una subasta mundial y online de arte del siglo XX, en vivo, que vinculó el viernes a cuatro ciudades en tiempo real, moviéndose consecutivamente entre Hong KongParísLondres y Nueva York. El evento se extendió durante cuatro horas y dejó varias perlitas: una destacada pieza de Roy Lichtenstein, Nude with Joyous Paiting, alcanzó los 46 millones de dólares, Les femmes d’Alger, del pintor español Pablo Picasso, superó los 29 millones de dólares y L’Arc de Triomphe, de René Magritte sobrepasó las expectativas y se vendió en 22 millones de dólares. Y entre puja y puja, la obra de un argentino se destacó en el evento online: Concetto Spaziale, Atessa, del rosarino Lucio Fontana, se vendió por 8.787.500 millones de dólares desde la ciudad de Nueva York.

La obra en cuestión es un lienzo de grandes dimensiones (1,60 x 1,30 cm), de color rojo y con un solo corte vertical: “Todo se siente muy sereno y relajante, a pesar de que se puede ver que estas obras tienen un tipo de violencia sobre ellos”, decía la descripción de venta de la obra. Fue realizada en 1966, dos años antes de la muerte del rosarino radicado en Italia (1899-1968). Estaba en manos privadas hasta que salió a la venta, pero no trascendieron los datos del comprador.

“[Mis cortes] son el misterio de lo desconocido en el arte; son la expectativa de algo que debe seguir «, explicaba a su manera Fontana.

«Concetto Spaziale, Attesa» (1966), de Lucio Fontana (1899-1968).

Con su superficie roja brillante, perforada por una sola incisión vertical, Concetto Spaziale, Attesa –expresa la descripción de Christie’s sobre la obra y el autor– es una obra maestra rara y totémica que se encuentra entre las seis pinturas de un solo corte más grandes de Fontana. De las cuatro obras rojas que produjo, es una de las dos únicas que quedan en manos privadas, y las otras residen en Houston y en Zurich. Realizado en 1966, dos años antes de la muerte de Fontana, el trabajo lleva el drama y el lirismo de su obra a un gran crescendo, ofreciendo una visión radiante de claridad pura y elemental.

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Trabajando en el apogeo de la era espacial, el artista fue pionero en una nueva forma de arte radical, conocida como «espacialismo», que buscaba reflejar los avances contemporáneos en ciencia y tecnología. Con el cosmos abierto como nunca antes, Fontana talló una nueva cuarta dimensión para el arte, revelando el espacio inexplorado detrás del lienzo. Aunque empleó un rico espectro cromático a lo largo de su obra, como lo indica la inscripción en la parte posterior del cuadro, el rojo siguió siendo uno de sus tonos más icónicos. Al año siguiente, inmortalizaría el color en su instalación histórica Ambiente Spaziale a Luce Rossa, reconstruida para la aclamada retrospectiva de Met Breuer en 2019.

El artista Lucio Fontana.

El artista Lucio Fontana.

Las raíces del espacialismo se remontan a la década de 1940, cuando Fontana, junto con un grupo de artistas de vanguardia en Argentina, publicó el Manifiesto Blanco (1946). A medida que el mundo intentó recuperar su rumbo después de la Segunda Guerra Mundial, el documento propuso que el arte debería mirar más allá de los confines de la Tierra. «Vivimos en la era mecánica», declaró.

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«El lienzo pintado y el yeso vertical ya no tienen una razón para existir». En su lugar, pidió una nueva forma de arte «basada en la unidad de tiempo y espacio». Al perforar la superficie del lienzo, inicialmente a través de su serie de agujeros y luego a través de los cortes, Fontana logró producir un registro visual del movimiento temporal, capturando el gesto creativo. El lienzo estirado ya no era simplemente un soporte para la representación, ni siquiera un objeto en el sentido escultórico. En cambio, se había convertido en un campo de posibilidades en el que colisionaron fuerzas energéticas invisibles: un concetto spaziale interdimensional («concepto espacial»), rodeado por un vacío infinito. «No quiero hacer una pintura» –dijo Fontana– «quiero abrir espacio”.

Edvard Munch

Pintor noruego

Edvard Munch , (Løten12 de diciembre de 1863Oslo23 de enero de 1944) fue un pintor y grabador noruego. Sus evocativas obras sobre la angustia influyeron profundamente en el expresionismo alemán de comienzos del siglo XX.

Sus obras han sido consideradas como variaciones constantes sobre la gran sinfonía de la existencia humana en sus lados diurnos, pero aún más, como es congruente con la sensibilidad finisecular, en los nocturnos. El amor y el odio, el deseo y la angustia, las pasiones y las emociones, son elevados a arquetipos de la vida anímica del hombre moderno o, incluso, de la propia condición humana.

El pintor decía de sí mismo que, del mismo modo que Leonardo da Vinci había estudiado la anatomía humana y diseccionado cuerpos, él intentaba diseccionar almas. Por ello, los temas más frecuentes en sus obras fueron los relacionados con los sentimientos y las tragedias humanas, como la soledad (Melancolía), la angustia (El grito), la muerte (Muerte de un bohemio) y el erotismo (AmantesEl beso). Se le considera precursor del expresionismo, por la fuerte expresividad de los rostros y las actitudes de sus figuras, además del mejor pintor noruego de todos los tiempos.El grito (1893), óleo, temple y pastel sobre cartón, 91 x 74 cm, Galería Nacional de Oslo.

El grito, realizado en 1893, fue una de sus obras más importantes. La idea de esta obra va surgiendo despacio.

En 1892 apunta:Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.


El grito. 1893. Témpera. 83,5 x 66 cm. Museo Munch, Oslo. Realizó cuatro
Madonna. 1894-1895. Óleo sobre lienzo. 91 x 70,5 cm. OsloGalería Nacional de Noruega.

Obras principales

Madonna. 1894-1895. Óleo sobre lienzo. 91 x 70,5 cm. OsloGalería Nacional de Noruega.

  • Por la mañana. 1884. Óleo sobre lienzo. 96,5 x 103,5 cm. Colección Rasmus Meyer, Bergen.
  • La niña enferma. 1885- 86. Óleo sobre lienzo. 119,4 x 118,7 cm. Galería Nacional de Oslo. Esta obra, que traduce experiencias de infancia del pintor, dio origen a otras tres telas fechadas en 1906, 1907, 1926, y a numerosos grabados y litografías. El pintor declara sobre esta obra:

Con La niña enferma se abrieron caminos nuevos para mí, fue una ruptura en mi obra. La mayor parte de mis trabajos posteriores deben su existencia a este cuadro.

  • Hans Jaeger. 1889. Óleo sobre lienzo. 109,5 x 84 cm. Galería Nacional, Oslo.
  • La rue Lafayette. 1891. Óleo sobre lienzo. 92 x 73 cm. Oslo.
  • La voz. 1893. Óleo sobre lienzo.
  • El grito. 1893. Témpera. 83,5 x 66 cm. Museo Munch, Oslo. Realizó cuatro versiones en pintura de esta obra entre 1893 y 1910. Simplificó mucho el paisaje, pero se sabe que es la colina y pueblo de Ekeberg, junto al fiordo de Kristiania. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer había dicho que el arte tenía como límite expresivo la incapacidad de «hacer oír» el grito,[2]​ que es precisamente el título que el artista noruego dio a su obra.

Paseaba por una carretera con dos amigos cuando el sol se puso. De repente el cielo se tiñó de rojo sangre y sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.[3]

  • Pubertad. 1894-95. Óleo sobre lienzo. 151,5 x 110 cm. Galería Nacional, Oslo.
  • Madonna. 1894-95. Óleo sobre lienzo. 91 x 70,5 cm. Galería Nacional, Oslo.
  • Celos. Óleo sobre lienzo. 66,7 x 100,3 cm. Rasmus Meyers Salinger, Bergen. Una litografía con el mismo título, de 1896, se conserva en el Archivo Municipal de Arte de Oslo.
  • Mujer en tres etapas. 1895. Óleo sobre lienzo. 164,1 x 250 cm. Rasmus Meyers Samlinger, Bergen.

Fue en 1895. Hice una exposición en el otoño en la galería Blomquist (Oslo). Los cuadros provocaron un tremendo rechazo. La gente quería boicotear la galería, llamar a la policía. Un día me encontré allí a Ibsen… mostró un interés especial por “Mujer en tres etapas”. Tuve que explicarle el cuadro. Aquí está la mujer soñadora, allí la mujer hambrienta de vida y finalmente la mujer como monja, pálida y erguida entre los árboles… Unos años después Ibsen escribió “Cuando los muertos despertemos”… Estas tres figuras femeninas aparecen con frecuencia en el drama de Ibsen, igual que en mi cuadro.

  • El beso. 1897. Grabado. Archivo Municipal de Arte de Oslo.
  • Muchachas en el muelle. 1899. Óleo sobre lienzo. 135,9 x 125,4 cm.

No pinto lo que veo sino lo que vi.

  • Amor y Psique. 1907. Óleo sobre lienzo. 119,4 x 99,1 cm. Museo Munch, Oslo.

A principios de siglo tenía la necesidad de romper con áreas y líneas. Sentía que esta forma de pintar se podía convertir en una costumbre… Después pinté una serie de cuadros con líneas anchas, a menudo de un metro de largo, que se extendían vertical, horizontal y diagonalmente.

Munch en los museos

Al morir, legó más de 1000 cuadros, 15 400 grabados, 4500 dibujos y acuarelas y seis esculturas a la ciudad de Oslo, que construyó el Museo Munch en el barrio de Tøyen en su honor. Las obras se costearon con la recaudación de las salas de cine de propiedad municipal, y se inauguró en 1963.

Tras el sonado robo de El grito y Madonna, de gran resonancia internacional, se reforzaron las medidas de seguridad en 2005, de tal modo que las obras más valiosas se exhiben detrás de grandes paneles de vidrio, en expositores que recuerdan a los escaparates comerciales. Los dos cuadros citados se recuperaron con desperfectos menores, y fueron presentados provisionalmente en una vitrina, sin sus marcos, para mostrar el alcance de tales daños.

Munch careció de presencia en museos de España hasta fecha reciente. Ahora se conocen dos obras suyas: un retrato de su hermana en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y otro retrato (en préstamo) en el MNAC de Barcelona.

El grito


El grito. 1893. Témpera. 83,5 x 66 cm. Museo Munch, Oslo. Realizó cuatro

El grito (en noruego Skrik) es el título de cuatro cuadros del noruego Edvard Munch (18631944). La versión más famosa se encuentra en la Galería Nacional de Noruega y fue completada en 1893. Otras dos versiones del cuadro se encuentran en el Museo Munch, también en Oslo, mientras que la cuarta versión pertenece a una colección particular. En 1895, Munch realizó también una litografía con el mismo título.

El grito (Skrik)
Año1893
AutorEdvard Munch
TécnicaÓleotemple y pastel sobre cartón
EstiloExpresionismo
Tamaño91 cm × 74 cm
LocalizaciónGalería Nacional de NoruegaOslo,Flag of Norway.svgNoruega
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En los últimos años, la obra, en dos versiones diferentes, ha sido objeto de robos de gran repercusión mediática. La versión más conocida, la de la Galería Nacional, fue robada en febrero de 1994, y fue recuperada en una acción policial doce semanas más tarde. En agosto de 2004 se produjo el robo de una de las versiones expuestas en el Museo Munch. Dos años después, el 31 de agosto de 2006 la policía noruega anunció la recuperación de la pintura, en buen estado.

La versión que llevaba 70 años en manos del noruego Petter Olsen, cuyo padre había sido vecino, amigo y luego mecenas de Munch, fue subastada el 2 de mayo de 2012 por 119,9 millones de dólares, en la casa Sotheby’s de Nueva York, convirtiéndose así en la obra más cara vendida en una subasta.[2][3]

Todas las versiones del cuadro muestran una figura andrógina en primer plano, que simboliza a un hombre moderno en un momento de profunda angustia y desesperación existencial. El paisaje del fondo es Oslo visto desde la colina de EkebergEl grito está considerado como una de las más importantes obras del artista y del movimiento expresionista, constituyendo una imagen de icono cultural, semejante al de la Gioconda de Leonardo da Vinci.

El cuadro es abundante en colores cálidos de fondo, luz semioscura y la figura principal es una persona en un sendero con vallas que se pierde de vista fuera de la escena. Esta figura está gritando, con una expresión de desesperación. En el fondo, casi fuera de escena, se aprecian dos figuras con sombrero que no se pueden distinguir con claridad. El cielo parece fluido y arremolinado, igual que el resto del fondo.

Historia

La fuente de inspiración para El grito podría encontrarse quizás, en la atormentada vida del artista, un hombre educado por un padre severo y rígido que, siendo niño, vio morir a su madre y a una hermana de tuberculosis. En la década de 1890, a Laura, su hermana favorita, le diagnosticaron un trastorno bipolar y fue internada en un psiquiátrico. El estado anímico del artista queda reflejado en estas líneas, que Munch escribe en su diario hacia 1892:Paseaba por un sendero con dos amigos; el sol se puso. De repente, el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio: sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad. Mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad. Sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza.

Munch inmortalizó esta impresión en el cuadro La desesperación, que representa a un hombre con un sombrero de copa, de medio lado, inclinado sobre una barandilla y en un escenario similar al de su experiencia social.

No muy contento con el resultado, Munch pinta un nuevo cuadro, esta vez con una figura más andrógina, de frente, mostrando el rostro, y con una actitud menos contemplativa y más activa y desesperada. Lo mismo que la anterior, esta primera versión de El grito, se llamó La desesperación. Según detalla Robert Rosenblum (un especialista de la obra del pintor), la fuente de inspiración para esta estilizada figura humana podría haber sido una momia peruana que Munch vio en la Exposición Universal de París en 1889.

El cuadro fue expuesto por primera vez en 1893, formando parte de un conjunto de seis piezas titulado Amor. La idea de Munch era la de representar las distintas fases de un idilio, desde el enamoramiento inicial a una ruptura dramática. El grito representaba la última etapa, envuelta en angustia.

La obra fue muy bien acogida por la crítica y, el conjunto Amor fue clasificado como arte demente (más tarde, el régimen nazi clasificó a Munch de artista degenerado y retiró todos los cuadros que había en una exposición en Alemania). Un crítico consideró el conjunto, y en particular El grito, tan perturbador, que aconsejó a las mujeres embarazadas que no visitaran la exposición . La reacción del público fue discrepante y el cuadro se convirtió en motivo de discusión y por primera vez se hace mención de El grito en las críticas y reportajes de la época.

Munch realizó cuatro versiones de El grito. El original de 1893 (91 x 73,5 cm) con una técnica mixta de óleo y pastel sobre cartón, está expuesto en la Galería Nacional de Oslo. La segunda (83,5 x 66 cm) en témpera sobre cartón se exhibió en el Museo Munch de Oslo hasta que fue robado en 2004. La tercera pertenece al mismo museo y la cuarta es propiedad de un particular. Para responder al interés del público, Munch realizó también una litografía (1895) que permitió imprimir el cuadro en revistas y periódicos. El 31 de agosto del 2006 la policía de Oslo anunció que la segunda versión de la obra fue recuperada, junto con la Madonna, otra obra de Edvard Munch también robada en el 2004.

El 12 de febrero de 1994El grito de la Galería Nacional de Oslo fue robado en pleno día por una banda de ladrones que estaba conformada por los más buscados en la época. En principio se pensó en un grupo antiabortista activo en Noruega,​ luego se comprobó que había sido una banda encabezada por el ladrón de arte más famoso de Noruega, Pål Enger; tardaron 50 segundos en realizar la operación; él mismo reconoció en su declaración policial escrita que había tenido el cuadro escondido entre las tablas de la mesa del comedor que se permitieron dejar esta nota: «Gracias por la falta de seguridad». Tres meses después los ladrones se dirigieron al gobierno noruego solicitando, por la entrega del cuadro, un millón de dólares estadounidenses. El gobierno rechazó la oferta. El 7 de mayo se recuperó el cuadro en una acción conjunta efectuada por la policía noruega en colaboración con Scotland Yard y el museo Getty.

El 22 de agosto de 2004, la versión expuesta en el Museo Munch fue robada a mano armada por tres hombres enmascarados, junto con la Madonna del mismo autor. El museo esperó una petición de rescate pero ésta nunca llegó. Además se ofreció una recompensa de 97 millones de euros. Según el periódico sueco Svenska Dagbladet, el cuadro habría sido quemado a fin de eliminar pruebas. Los dos cuadros fueron recuperados el 31 de agosto de 2006 por la policía noruega, dos años después de su robo, y en relativo buen estado. Sin embargo, el 20 de diciembre del mismo año se reveló que los expertos del Museo Munch llegaron a la conclusión de que el daño hecho a El grito era irreparable. El deterioro, debido a la humedad en la zona baja de la pintura, causó una decoloración que impide que el cuadro pueda ser completamente restaurado a su perfección original.

El grito como icono

La publicación en La Revue Blanche en diciembre de 1895 de la versión litográfica de El grito, de 1895, marcó el inicio de la estrecha identificación del pintor con esta obra.

A finales del siglo XXEl grito adquirió estatus de icono cultural que comenzó en el período post-Segunda Guerra Mundial. En 1961 la revista Time utilizó El grito en la portada de su edición dedicada a los complejos de culpa y a la ansiedad. Entre 1983 y 1984, el artista pop Andy Warhol realizó una serie de estampaciones en seda sobre las obras de Munch, que incluían El grito. La idea fue desacralizar la pintura convirtiéndola en un objeto de reproducción en masa.

Característico del arte posmodernista es el irónico e irreverente tratamiento que realiza Erró de la obra cumbre de Munch, en sus acrílicos El segundo grito (1967) y Ding dong (1979).

La reproducción de la obra en toda clase de productos, desde camisetas hasta tazas de cerámica, pósteres, llaveros, etcétera da testimonio de su estatus como icono, así como de la completa desacralización para el público actual. En esa misma línea, se puede comparar con otras obras de arte, convertidas también en iconos, como La Gioconda de Da VinciEl grito es una obra con gran fuerza emocional, y la banalización de la imagen en la cultura popular se puede interpretar como el intento de desactivar el sentimiento de incomodidad que inevitablemente provoca en el espectador.

El muralista norteamericano Robert Fishbone descubrió un filón en el mercado cuando, en 1991, comenzó a vender muñecas hinchables con la figura central de la obra. Su compañía con sede en San Luis, On The Wall Productions, vendió cientos de miles. Los críticos señalan que, al sacar la figura de contexto, Fishbone ha destruido la unidad de la obra de Munch, neutralizando, de este modo, su fuerza expresiva.

El pintor mexicano Mauricio García Vega también tiene una versión de «El Grito» en blanco y negro.

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